Charlamos con la presidenta del Centro Gallego de Tres Cantos en su veinticinco aniversario sobre los cambios que ha experimentado el grupo, el sentimiento de pertenencia y sus innumerables actividades

Que en el Centro Gallego de Tres Cantos no sólo hay gallegos es algo que nos queda claro desde el instante mismo en el que ponemos un pie en su local. Nos reciben un andaluz y una madrileña cuya presencia allí atestigua el primer comentario de Mónica Rodríguez, su presidenta, una vez comenzamos la entrevista: «Por encima de cualquier otra cosa, somos un grupo humano». La procedencia, nos explica, no importa, sino el sentimiento de pertenencia que sus en torno a trescientos socios comparten y que tanto se esfuerzan en promover. Y es que las actividades se suceden a un ritmo vertiginoso en el Centro Gallego. Mientras hacemos la entrevista, un grupo de gaitas y panderetas se prepara para ensayar; en unos días estarán actuando en la Catedral de la Almudena. Allí se celebrará un evento para conmemorar la donación al templo madrileño de unas campañas por parte de la Casa de Galicia en la capital. Pero este ensayo es sólo una de las muchas actividades del Centro: a los grupos de gaitas y panderetas se les suman otros de pintura, dibujo, modelismo, baile, marcha nórdica y hasta bonsáis. Todos los días hay algo que hacer aquí.

Este año, el Centro Gallego de Tres Cantos cumple un cuarto de siglo, y como tantos otros, se ha transformado del lugar en el que la diáspora se daba cita a una asociación que atrae a personas de muy diferentes orígenes. «Se ha renovado el afán de pertenencia», dice Mónica, quien valora muy positivamente estos veinticinco años: «La salud del Centro es buena», remata. La asociación es hoy, como en sus inicios, un lugar de encuentro, un espacio en el que reunirse y compartir inquietudes. El folclore, nos explica en una sala repleta de libros sobre Galicia, banderas y pegatinas de trisqueles, continúa siendo muy importante, «sigue viviendo», en palabras de la presidenta del Centro. Buena muestra de ello es que personas que nada tienen que ver con la región «son las primeras en salir al escenario».

Todas las semanas, al margen de sus talleres, clases y actividades, organizan comidas al estilo de los míticos furanchos gallegos que contribuyen, como tantas otras cosas, a incrementar ese sentimiento de pertenencia que se ha convertido en la mayor seña de identidad del Centro. Porque, pese a los cambios que han traído consigo estos años y al inevitable receso de la pandemia, tal y como recordaron, nos cuenta Mónica, los socios fundadores en el acto por su aniversario, «seguimos manteniendo el mismo espíritu».

A todo lo anterior se le suma varios eventos culinarios, como la feria del marisco, a la que cada año invitan a casas gallegas de otros lugares (la última fue la de Mondragón), y la gastronómica, que salió muy bien: «La pulpeira es el secreto del éxito», ríe.  Tampoco se quedan atrás en el capítulo de viajes. Una fotografía del grupo junto a la iglesia de El Toboso, patria chica de Aldonza Lorenzo (Dulcinea), colgada en su página web, da pie a que Mónica nos revele que el Centro organiza excursiones anualmente que los han llevado a Cuenca o varios balnearios gallegos, como Lobios o el celebérrimo Mondariz. 

Con vistas a afrontar los próximos veinticinco años del Centro, su actual presidenta plantea una serie de retos. La falta de niños pequeños en las clases es una de sus principales preocupaciones, pero también que cada vez quedan menos gallegos de origen entre sus socios. La asociación es «un organismo vivo», nos recuerda Mónica, aunque eso no es óbice para intentar «mantenerse» y asegurar el relevo generacional. «Siempre se implica la gente mayor», relata haciendo alusión a los inconvenientes de conciliación laboral y personal que afrontan los más jóvenes del grupo. Pero los problemas de recursos no sólo son personales, también económicos: «Las ayudas no llegan para todo», confiesa mientras también nos habla de los problemas de espacio que afrontan, especialmente con el elevado número de actividades que organizan.

Mónica recuerda para acabar un evento que organizaron de magia y música a beneficio de una fundación filantrópica en el teatro de la ciudad y la exposición polifacética que prepararon por su aniversario, aunque echa en falta una mayor promoción de sus eventos por parte del ayuntamiento.

«Me entregaron una rueda que ya estaba girando», termina la presidenta del Centro, pero es necesario innovar, aunque haya cosas que nunca cambien, y es que aquí «comida y bebida nunca faltan», remata justo antes de que abandonemos este reducto de Galicia en nuestra ciudad.

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